En la oficina y la calle, con papeles y con fierros,
cumplo la ley sin dudar, aunque el jefe me llame terco.
Me llaman “el deber ser”, porque no me rindo al capricho,
soy cortés con la gente, pero duro cuando es preciso.
Levantando accidentes, poniendo a salvo al que pasa,
con la frente en alto, sin quejarme de la carga.
Cuando el mando me ordena algo fuera de la norma,
yo digo “no” con respeto, porque la ley es mi forma.
Mis superiores se enojan, pero nunca he tenido queja,
ni civil, ni contraloría, solo su orgullo se queja.
Yo prefiero los resultados, el trabajo bien hecho,
aunque me llamen terco, sigo mi propio derecho.
Aunque me llamen terco, sigo firme en mi camino,
en la oficina o el asfalto, siempre cumplo mi destino.
Con la ley en la mano y el corazón abierto,
yo no me doblo, aunque el mundo sea incierto.
Recuerdo mis inicios, cuando aprendía a levantar,
con cada caso aprendí que la honra no se vende ni se compra.
Los muchachos me siguen, porque saben que no fallaré,
y aunque la noche sea larga, mi paso nunca vacila.
He visto a colegas caer por seguir órdenes sin sentido,
y yo, con mi terquedad, los he sacado del abismo.
Mi nombre se escribe en actas, en informes y en cantos,
porque la integridad no tiene precio, ni horario.
Si el jefe me llama terco, que lo haga sin temor,
mi brújula es la ley, mi norte el valor.
Con cada caso cerrado, con cada papel sellado,
demostramos que el deber siempre ha triunfado.
Así que levanta tu botella, brinda por los que no ceden,
por los que en la sombra trabajan y nunca se rinden.
Que el corrido siga sonando, que el viento lo lleve,
y que nunca falte la fuerza de un corazón que se atreve.